La Gaceta

Parece claro que los sucesivos Gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero no pasarán a los libros de historia de España por su eficacia interna, su prestigio internacional y su solvencia. Más bien, por su sectarismo -incapaz de desarrollar su acción para vertebrar y cohesionar a ciudadanos con distintas tendencias ideológicas-, por su ineficacia -su gestión de la crisis económica está basada en la chapuza, la mentira y la improvisación-, y por su mediocridad; basta echar un vistazo a la valoración que los españoles hacen de cada uno de los ministros, la mayoría quemados apenas acceder al cargo, sometidos además a un excesivo y agobiante presidencialismo de su jefe. Pero, por lo que sí pasará a la historia Zapatero es por presidir el Gobierno más vago de la Democracia. Pese a nombrar los gabinetes más numerosos, a excentricidades como crear un Ministerio de Igualdad o una Vicepresidencia tercera sin contenido alguno, pese a contar con el más alto número de asesores que cualquier otro Ejecutivo anterior, Zapatero está batiendo todos los records de absentismo legislativo. Baste un repaso a los fríos datos. En su primera legislatura, Adolfo Suárez llevó al Congreso 198 proyectos de ley. En la misma circunstancia, Felipe González remitió a la Cámara 113. José María Aznar aprobó en Consejo de Ministros 99 iniciativas. En la actual legislatura, desde mayo de 2008 hasta este mismo mes de diciembre, el Ejecutivo socialista ha alumbrado 54 proyectos de ley. Con una salvedad, la mayoría son simples transposiciones de directivas de la Unión Europea. El Gobierno se ha abonado al     Real Decreto que, en terminología parlamentaria, supone el siempre cómodo "ordeno y mando". Por si fuera poco, o se han aprobado leyes que nadie reclamaba y que ofenden a la mitad de la sociedad, como la superflua Ley del Aborto, o se han remitido a las Cortes proyectos deshilvanados o vacíos como la Ley de Economía Sostenible.
A la hora del balance, siguiendo la permanente estrategia de Zapatero del "como sea", el PSOE se vanagloria de haber sacado adelante sus iniciativas "unas veces con unos, otras con otros". En realidad, han sido pagos al portador. Complicidades con partidos que, o no creen en el proyecto nacional cuando no lo combaten, o con formaciones regionales que tan sólo buscan la tajada económica. Así, se han radicalizado leyes, como la Memoria Histórica, el matrimonio homosexual o el Aborto, para lograr el apoyo de fuerzas radicales como ERC o IU. Peor aún, Zapatero, con su proverbial sectarismo, ha renunciado a pactar con el PP unos presupuestos generales capaces de sacar a España del agujero de la crisis, de frenar la hemorragia del paro, de convertir el despilfarro en austeridad, y de impulsar las reformas imprescindibles para volver a generar empleo de forma inmediata y duradera. ¿Qué ha hecho a cambio?: comprar los votos de ERC y el BNG a cambio de millones de euros procedentes de la chequera pública. En una situación tan delicada como la que atraviesa el país, los españoles esperan del Gobierno eficacia, austeridad, consenso y liderazgo. Zapatero es el maestro del cortoplacismo, el marketing, el sectarismo y la división. Como el propio Don Juan Carlos enfatizó en su discurso navideño, urge un gran acuerdo nacional, un Pacto de Estado equiparable a los Pactos de la Moncloa que llevaron a España de la dictadura a la democracia. Difícilmente lo logrará el Gobiermo más vago, ineficaz y sectario de nuestra historia.